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1 September 2016

Lección de corrupción: Un taxi, un policía y yo

Como buen matagalpino odio tener que viajar y vivir en Managua, una ciudad calurosa que me recuerda a una viejita arrugada, pobre y enferma que se niega a morir, por más que trato de sonreírle me responde con hostilidad, agresión, basura, caos y ruido, es por esta razón que he desarrollado cierto rechazo a tener que salir a las calles, no tengo vehículo y tampoco me gusta andar en rutas, es más, creo que a nadie le gusta, mi opción es el taxi, y a la vez mi oportunidad para jugar a investigador de la realidad social y en esta ocasión en particular reflexionar sobre la corrupción de mi país, Nicaragua.

Hoy no es un día cualquiera, junto a mi mejor amiga nos tocó madrugar (7:00 a.m.), hacer como sí nos bañamos y salir corriendo a esperar un bus que nos lleve a la “gran” capital.  Después de dos horas de viaje llegamos a la famosa “Subasta”. No tenemos ganas ni tiempo de escoger “el mejor taxi”, solo queremos el primer vehículo seleccionado al azar que nos lleve por un precio que nos parezca razonable después de “negociar” bajo el ya conocido dialogo de:

— ¿Por cuánto nos lleva?

—Tanto.

—Ahhh laaaa!!! Muy caro, mejor tanto,

—Está bien. Y “juaz” nos montamos con una falsa sensación de buenos negociantes.

Cada conductor de taxi es un mundo por descubrir, una oportunidad para conocer e interpretar el Vox Popul de las calles de Nicaragua, pero este viaje no es un viaje cualquier, no, pasó algo que me dejó una mezcla de sentimientos inconclusos, de rechazo y a la vez comprensión del sistema cultural corrupto en que vivimos y respiramos cada día en el país de lagos y volcanes.

Siempre me ha llamado la atención la forma agresiva con la que manejan algunas personas en Managua, por más que el Gobierno insista en capacitar a los conductores, aumentar el costo de las multas y el número de policías de tránsito por toda la ciudad, cada vez que llego al pueblón, veo dos a tres accidentes de tránsito de manera continua.  ¿Quién alimenta este gran monstruo de caos y desorden? La respuesta me llegó minutos después.

El taxista de hoy no es la excepción, hace cualquier clase de malabares para avanzar rápido en medio del caos vial, aprieta con fuerza la bocina del vehículo cada vez que puede y le da la gana, no respeta señales de tránsito, ni peatones. El señor conductor es candidato número uno para que yo empiece con mi cátedra de buen ciudadano, pero hoy no ando ganas, la prioridad es llegar a nuestro lugar de destino y ya vamos tarde.

Luego de recorrer aproximadamente veinte minutos el señor conductor se detiene en un semáforo en rojo, pero decide no esperar más, acelera y aventaja cruzando una línea amarilla continua a toda velocidad. Y de pronto, —oh, oh ¡No lo puedo creer!  Aparece de la nada un oficial de tránsito y detiene el vehículo. En mis adentros me digo: —¡Qué bien! Este señor aprenderá su lección del día. (Que equivocado estaba).

Como por arte de magia el conductor pasó de ser un hombre serio y parco a convenirse en un ser de luz, amoroso con el oficial de tránsito a quien saluda con toda la amabilidad del mundo y le da los buenos días sosteniendo una sonrisa de oreja a oreja. Inmediatamente reacciono y le digo a mi amiga: —Pongamosno cómodos y veamos cómo se manifiesta el Guegüense.

El oficial le pide al taxista sus documentos: licencia de conducir, cédula de identidad y demás papeles, luego el policía se va para la parte de atrás del vehículo, supongo que a confirmar la veracidad y coherencia de los documentos, el taxista no pierde tiempo, sale inmediatamente del vehículo y se va hacia la parte de atrás para hablar con el oficial.

En un abrir y cerrar de ojo, vemos que el conductor del taxi regresa nuevamente al vehículo y empieza un show al mejor estilo holywoodense,  finge que tose mientras saca lentamente de su cartera una cantidad de dinero, los mete como sándwich entre su cédula y la licencia, sigue fingiendo que tose y encorva su cuerpo para que no lo observemos.  Mientras veo la escena quedo en shock y sigo sin comprender lo que estoy presenciando. Todo pasaba en cámara lenta y yo junto a mi amiga somos testigos en primera fila.

El taxista sale del vehículo y entrega “disimuladamente” el dinero al oficial de tránsito, fue hasta ahí que caímos en razón, nos quedamos viendo mutuamente y lo primero que se me ocurre es sacar mi celular, filmar un vídeo y empezar a gritar a todo pulmón: CORRUPCIÓN y no sé cuántas pajas oenegeras más. ¡Vídeo viral asegurado!

Pero mi amiga me detiene, me hace entrar en razón y juntos recordamos la realidad en la que vivimos, sobre todo al hombre que en Costa Rica filmó a un pervertido mientras este grababa las nalgas de una mujer en las calles de San José, días después apareció apuñalado y murió. Y si, lo admito, me dio miedo pensar que yo podría ser la próxima víctima.

Mientras “disimuladamente” nos retorcemos como contorsionistas para tratar de verle la cara al oficial, el taxista regresa extasiado, retoma su posición de conductor y con cierto nerviosismo empieza a gritarnos que no volteemos a ver al policía.

Inmediatamente el taxista balbucea entre dientes, golpea el timón del carro con cierto enojo y se empieza a quejar, yo interpreto que está molesto por no haber respetado las normas de tránsito, pero mi sorpresa es mayor cuando empieza a verbalizar su enojo:
—Puta, la cago ese policía.
—Para que se ponen ahí.
—Estos policías andan bravos como zancudos, arrechos buscando los reales.

Me siento entre indignado, enojado conmigo mismo por no actuar y a la vez orgulloso por mi temple y serenidad. Decido pasar la página emocional y centrar mis energías en no juzgar al taxista, sino en ponerme en rol de investigador social y empiezo a conversar con el taxista sobre el evento que acabamos de presenciar: La corrupción.

El taxista no se entera que el problema no fue la presencia del policía detrás del semáforo, sino él y su irrespeto a las señales de tránsito, falta de transito que no solo puso en peligro su vida, sino también la de sus pasajeros, nosotros, sus clientes.

Pero dadas las circunstancias de los hechos, también empiezo a analizar que el taxista jamás comprenderá la importancia de respetar las señales de tránsito sino recibe un castigo, sí cada vez que lo haga se terminará saliéndose con las suyas como todo buen guegüense. Y es justamente de esta manera que vivimos y reproducimos un ciclo interminable de corrupción a todos los niveles en Nicaragua.

El conductor me explica que es normal sobornar a los policías, que todos los hacen y que sus amigos “poli” le cuentan que sus respectivos jefes inmediatos les asignan cuotas diarias de mordidas y les dicen: —Andá conseguite tanto y me das tanto, si alguien te denuncia yo te cubro. Luego de la anécdota el taxista termina diciendo:
—Pobre los policías, ganan una miseria, al final sí roban los de arriba que también roben los de abajo. —Es así como ellos se ayudan (ellos) y nosotros entre pobres nos ayudamos.

Llegamos a nuestro destino final, me bajo del taxi con una sensación extraña de condenado en vida a tener que sobrevivir en un país donde la corrupción a todos los niveles sigue siendo vista como un algo normal, algo de vivos. Por eso insisto, tenemos el país que merecemos tener como sociedad, ya que Nicaragua es la sumatoria de las acciones de sus habitantes.

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